EL BIEN COMÚN Y LOS BIENES COMUNES

 

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Christian Felber es el impulsor de lo que se conoce como la Economía del Bien Común. El lunes 12 de septiembre tuve la suerte de asistir a una conferencia que impartió en la Universidad Internacional de Andalucía. Nos recordó algo muy sencillo y tan antiguo como Aristóteles. Si el dinero se convierte en el fin de la actividades económicas, entonces a esas actividades hay que cambiarles el apellido y llamarlas crematísticas. Una actividad económica es aquella que busca el bien común. El dinero es un medio para alcanzar el bien común.

Ahora vamos a diferenciar entre “el bien común” y los “los bienes comunes”. El bien común puede definirse como el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible que cada persona pueda desarrollarse como tal, de acuerdo a su dignidad. Por ejemplo, el acceso al agua potable o la seguridad en las calles forma parte del bien común.

Los bienes comunes son aquellos que son de propiedad común y pueden ser utilizados por muchos usuarios, como los océanos o la atmósfera. ¿Cómo gestionar los bienes comunes? Si el fin de su gestión es el dinero, ocurre aquello que ya traté en un blog titulado la tragedia de los comunes, se agotan, y las consecuencias pueden ser dramáticas. Por ejemplo, el pasado 14 de septiembre, el periódico El País alertaba en un artículo sobre la extinción de los grandes animales de los océanos y sus repercusiones.

Jorge Bergoglio en el capítulo I de la Laudato Si recoge alguno de los problemas que aquejan a nuestra casa común por haber convertido la economía en crematística, y utilizar los bienes comunes que nos ofrece la naturaleza con un fin crematístico y no económico. Y  si la crematística invade las relaciones del ser humano con la naturaleza, invade también la relación del hombre con los demás hombres. De ahí que la degradación cultural y la inequidad social de la que también habla el papa Francisco en ese capítulo tengan, en mi opinión, la misma raíz: el bien común no forma parte de mis propios intereses sino que de alguna manera es el rival de mis intereses. Mis decisiones no son económicas sino crematísticas, y eso conlleva unas consecuencias. No voy a poner ejemplos, muchos aparecen en la Laudato Si. Es el momento de la reflexión.

Profesor Titular de Universidad Dpto. Economía e Historia Económica Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales Universidad de Sevilla

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